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Ñakyrã: El canto de Mimbi’ẽAutor: Celso Ordoñez A. 2026Yacuiba, Chaco central tarijeñoLeyenda guaraní- Memoria popularEl...
06/05/2026

Ñakyrã: El canto de Mimbi’ẽ
Autor: Celso Ordoñez A. 2026
Yacuiba, Chaco central tarijeño
Leyenda guaraní- Memoria popular

El Chaco boliviano no es solo tierra y monte, sino memoria viva. Bajo la sombra de los árboles y a lo largo de los senderos se ocultan miles de historias antiguas: relatos de hombres y mujeres que pasaron por aquí y dejaron su huella; historias de pueblos que, al encontrarse, se fundieron y comenzaron a escribir su propio destino.
En aquellos tiempos remotos, cuando el ava dominaba el pie de monte y extendía su tekoha (el espacio donde vive su cultura), cuentan que ocurrió un prodigio en una de esas tava (pueblos). Los avas la llamaban:
Ñe’ẽ Mboyera Ñakyrã Tava
(El pueblo donde la voz renace en chicharra).
En esa plácida tava nació una “mitã’i yvága ñemity” (niña sembrada por el cielo), quien desde muy pequeña desarrolló una voz melodiosa. Le dieron por nombre Mimbi’ẽ (voz luminosa). Parecía que su destino era cantar.
Cantaba mientras jugaba. Cantaba mientras perseguía mariposas. Cantaba en todo momento, y su voz tenía cautivados a todos los avas de la región. La querían profundamente; incluso, solo para oírla cantar, llegaban gentes desde lugares lejanos.
Pero no todos la miraban con simpatía.
En aquella misma aldea vivía una mujer llamada Ipochy Reíva —“la que se enoja de todo”—. Su corazón, endurecido por el tiempo y las heridas, ya no conocía la alegría. Y pensaba:
—¿Cómo aceptar que una niña cargue un don que yo no poseo?
—¿Cómo entender que todos la amen?
No era solo molestia.
Era envidia.
Fue entonces cuando el destino comenzó a cerrarse como un puño.
Un mediodía, Mimbi’ẽ se internó sola en el monte. Nadie la vio partir, pero algunos juraron haber escuchado su voz elevarse, más clara que nunca, alejándose hacia la serranía.
Quien sí la vio, y la siguió en silencio, fue Ipochy Reíva.
Caminó tras ella por largos senderos. Desde tiempo atrás había invocado a fuerzas oscuras, preparando un paye dañino —un acto de poder espiritual para herir— contra la niña de la bella voz.
Y en el lugar más solitario, actuó.
Se acercó sin ser vista. Sus pies no hicieron ruido. Sus labios ya estaban cargados de veneno. Se detuvo detrás de la niña y susurró apenas:
—Ani reiko porã… ani reiko porã…
(No vivas en paz… no vivas en paz…)
—Que tu voz no sea para los hombres…
que arda en tu pecho…
y se pierda donde nadie pueda alcanzarla.
La palabra cayó. No como grito, sino como semilla oscura.
Mimbi’ẽ escuchó y tembló.
Era una niña, alguien espiritualmente vulnerable, no por debilidad, sino porque su espíritu aún estaba en formación. Por eso pudo ser alcanzada por las energías que la mujer había desatado.
Entonces ocurrió.
El cuerpo de la niña se volvió liviano y comenzó a empequeñecer. Su piel tomó el color de la tierra seca, y su voz —aquella voz luminosa— se quebró en mil hilos invisibles hasta desaparecer entre los árboles.
Había dejado de ser humana.
Se transformó en una pequeña ninfa, rastrera y silenciosa. Los rayos del sol, que calcinaban las piedras, la obligaron a cavar y refugiarse bajo la tierra dura.
Cuando los hombres fueron a buscarla, no pudieron encontrarla.
Solo el monte, en silencio, fue testigo de tan oscuro acontecimiento.
Pero ningún paye dañino es más fuerte que el orden espiritual cuando este se sostiene. El verdadero poder no está en destruir, sino en reparar, equilibrar y proteger la vida. Las fuerzas del monte —la naturaleza y los ancestros— no son neutras: pueden limpiar y reordenar lo que ha sido perturbado.
Entonces, Kaa Iya, espíritu antiguo y guardián del bosque y de los ciclos, percibió el desequilibrio nacido de la envidia y el triste destino de la niña.
Y tuvo compasión.
—No puedo romper lo que ha sido sellado —susurró—, pero puedo darle sentido.
—Tendrás un canto distinto, pero tu canto anunciará el despertar de la vida. Primero vivirás bajo tierra, y luego ascenderás con la primera humedad.
Hizo una pausa, y continuó:
—Treparás a los troncos de los árboles y se cumplirá el prodigio. Te convertirás en un ser alado, y cantarás. Tu canto será llamado de amor: cantarás para amar, para reproducirte… y luego morirás.
Pasó el tiempo, o tal vez no pasó. Porque en el mundo del espíritu, el tiempo es apenas un suspiro.
Hasta que un día, el aire cambió.
El viento caliente del norte quemaba la comarca y se encontró con el viento frío del sur. El cielo se tensó. Y la primera lluvia de noviembre anunció el renacer.
Entonces, desde la tierra, algo despertó.
Una ninfa emergió y trepó al tronco de un árbol. El calor era intenso, el cielo despejado, y el sol brillaba con fuerza. La pequeña criatura se secó, y entonces comenzó el prodigio:
Dejó atrás su antigua piel. Abrió alas nuevas.Y nació como Ñakyrã —la chicharra.
Cuando cantó, ya no fue dulzura.
Fue estruendo. Fue vibración. Fue un grito que atravesó todo el monte. La gente salió de sus casas.
—Escuchen…
—Tataaaaaaaaaaaaaarraaaaaaaaaaaaa… —resonaba desde el monte.
Era el canto de la chicharra, llamando a la vida.
—Tataaaaaaaaaaaaaarraaaaaaaaa…
Cantaba y cantaba, como si llamara a la lluvia.
—Es señal de lluvia —dijeron—.
—Es señal de vida —respondieron otros.
Entonces comprendieron:
Ese canto, aunque distinto, traía el regreso del agua, la maduración del algarrobo y el pulso renovado del monte. Comprendieron que la voz de Mimbi’ẽ no había mu**to.
Había cambiado.
Desde entonces, cuando el calor aprieta y el cielo se prepara para romperse en lluvia, las chicharras cantan.
Y en su canto vive aún la memoria de una niña, cuya voz fue transformada, pero jamás silenciada.
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Nota
La chicharra (cigarra) es un insecto de la familia Cicadidae, del orden Hemiptera. Pasa la mayor parte de su vida bajo tierra como ninfa, alimentándose de raíces durante años. Luego emerge, se transforma en adulto y vive pocas semanas, dedicadas a reproducirse. Su canto intenso es característico de los días calurosos.
En la cosmovisión guaraní, la Ñakyrã no es solo un insecto: es voz del monte, señal del calor, anuncio de la lluvia y símbolo de transformación.
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Recopilada y adaptada por Celso Ordoñez A.
Yacuiba, Tarija, Bolivia — 2026.

03/01/2026

DON ALBERTO URZAGASTI

OJO DEL AGUA. Los paralelos adyacentes de las quebradas Kuarizuti, durante mucho tiempo, fueron testigos mudos de las luchas tribales y contra los colonizadores ya que en este lugar como su nombre lo indica existen vertientes de agua dulce y natural que todos pretendían para sí.
Don Alberto Urzagasti (+) descendiente directo de los primeros pobladores, de mirada atenta y gestos amables nos recibe con dificultad (por una dolencia que le discapacita parcial-mente para caminar) en su domicilio particular de la zona este de Yacuiba y nos invita a sen-tarnos bajo la sombrosa parra de su patio y documentos en mano nos explica con pausada voz, pormenores de la historia de su querida comunidad.
Recuerdos tristes en su narrativa ensombrecieron su semblante, le hicimos recuerdos de pasajes de la Guerra del Chaco que le tocó vivir de niño y que a muchos seres queridos se llevó para siempre.
Ojo del Agua no tiene fundación oficial, pero como pocas poblaciones, sí cuenta con do-cumentos fehacientes de su nacimiento y desarrollo. El Decreto Delegacional de 1917 da cuenta de aquello, de acuerdo a un documento de concesión otorgado a don Domingo Urzagasti, que data del 30 de diciembre de 1920 y que se encuentra entre los primeros pobladores de la zona o más bien de la parte costera al Aguaragüe que testimonia el primer asentamiento de criollos, con los Ramos, Sánchez y Alba. Hubo posteriormente un segundo asentamiento siempre en la margen izquierda de la quebrada, en los años 1926 a 1929, se establecieron entre otros: los León, López, Tamayo, Marás, Ortega y Bishop, este último un ingeniero civil extran-jero encargado de efectuar la urbanización de la localidad de El Palmar en la presidencia de Hernando Silez.

Sin duda que el lugar era altamente atractivo, no sólo por el potencial de la fertilidad de la tierra que otorgaba condiciones excelentes para la agricultura y la producción de frutas parti-cularmente, sino también la fauna silvestre que abundaba en estos parajes. Este lugar de Pie de Monte o zona húmeda, caracteriza una parte del Chaco como región, todo el entorno adyacen-te al Aguaragüe es la más templada y selvática, conforme se avanza a la planicie inmensa del “infierno verde” hacia el este, escasea el agua y la floresta se vuelve agreste, completamente seca en época de estiaje con una que otra isla de humedad, traicionera, infinita e inmisericorde para quien no conoce la llanura chaqueña, mortal para quienes se pierden en la inmensidad.
A la desolación de los años 30 y de la postguerra siguieron las sequias del 40 al 42 hasta la bonanza del ferrocarril que a partir de 1947 marca el auge del carbón, la madera (cuchi y quebracho) comienzan a funcionar en Ojo del Agua las destilerías de alcohol de caña, poste-riormente las “caleras”. Aún se encuentra de pie algunas paredes y cimientos de la primera escuelita edificada en 1952 con voluntad y esfuerzo propio de sus habitantes, una Ordenanza promulgada en 1989 con la firma de la profesora Martha Vda. de Olivera nomina a la pequeña infraestructura educativa con el nombre del fundador de la comunicad “Domingo Urzagasti”.
Causa curiosidad el hecho de encontrar en la pequeña comunidad calles completamente nominadas y con sendos letreros de señalización que no existen en otros pueblos, también son únicos los paisajes que se despliegan al contorno de la quebrada de Kuarizuti y que fertiliza los numerosos sembrados y huertos con abundantes plantaciones frutales.

Dirección

Calle Cochabamba Esquina Santa Cruz, Plaza 12 De Agosto
Yacuiba
1111

Teléfono

+59174552197

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