31/07/2026
VALDELOMAR Y MARIÁTEGUI EN EL ESCÁNDALO DE NORKA ROUSKAYA: DANZA, POESÍA Y REBELDÍA EN LA LIMA DE 1917
Por: Sandro Medrano Legua
Una fotografía conservada en el archivo de la Biblioteca Nacional del Perú, en la que aparecen Abraham Valdelomar, José Carlos Mariátegui, Norka Rouskaya y otros intelectuales vinculados al ambiente bohemio limeño, permite aproximarnos a la intensa vida cultural de la Lima de comienzos del siglo XX. La imagen remite al Palais Concert, inaugurado en 1913, edificio diseñado por Genaro Barragán Urrutia y construido por los hermanos Masperi, convertido en uno de los espacios emblemáticos del Art Nouveau limeño y en punto de encuentro del movimiento Colónida y de la bohemia intelectual de la época (Rincón, 2017).
En 1917, la bailarina suizo-italiana Norka Rouskaya llegó a Lima para presentar espectáculos de danza inspirados en la música clásica. Sin embargo, fue un episodio ocurrido durante la madrugada del 5 de noviembre de aquel año el que la incorporaría definitivamente a la memoria cultural limeña. Rouskaya ingresó al Cementerio General de Lima —actualmente Cementerio Presbítero Matías Maestro— acompañada por José Carlos Mariátegui, César Falcón, el violinista Luis Cáceres y otros jóvenes. Cerca de la una de la madrugada, encendieron velas junto al mausoleo del mariscal Ramón Castilla y Rouskaya ejecutó una danza al compás de la “Marcha fúnebre” de Frédéric Chopin (Stein, 1989; La Prensa, 1917).
La escena, desarrollada en medio de la oscuridad del cementerio, produjo alarma entre los presentes y las autoridades. El administrador del camposanto intervino y dio aviso a la policía. Como consecuencia, Rouskaya fue detenida en el Hotel Maury junto con su madre, mientras Mariátegui, Falcón y Cáceres fueron conducidos a la cárcel de Guadalupe. Permanecieron detenidos durante aproximadamente un día, en medio de una creciente controversia pública que pronto trascendió el ámbito policial y llegó a la prensa y a las cámaras legislativas (Stein, 1989; El Comercio, 1917).
El episodio debe distinguirse, sin embargo, de la participación de Abraham Valdelomar. Aunque su figura se encuentra vinculada al mismo ambiente bohemio y aparece junto a Rouskaya y Mariátegui en fotografías relacionadas con el Palais Concert, la documentación disponible señala que Valdelomar no acompañó al grupo en la incursión nocturna al cementerio. Su relación con el episodio corresponde, por tanto, al círculo intelectual y artístico en el que se desenvolvían estos personajes, y no a la ejecución de la controvertida performance (Rincón, 2017).
La controversia adquirió rápidamente dimensiones culturales. La prensa de la época discutió si aquella acción constituía una profanación, una provocación o una manifestación artística. En La Prensa, la experiencia fue presentada bajo el título “Dilettantismo macabro”, mientras que otros medios cuestionaron duramente el comportamiento de los protagonistas. El asunto llegó incluso al debate parlamentario, revelando hasta qué punto el episodio había desbordado la esfera privada para convertirse en un problema de moral pública, religión, arte y modernidad (La Prensa, 1917; El Comercio, 1917; Stein, 1989).
Mariátegui defendió públicamente el carácter artístico de la experiencia y negó que hubiera existido una intención deliberada de profanar el cementerio. El 10 de noviembre de 1917, pocos días después del incidente, publicó en El Tiempo “El asunto de Norka Rouskaya: Palabras de justificación y de defensa”, documento que constituye una fuente primaria fundamental para comprender la posición del joven escritor frente al escándalo (Mariátegui, 1917; Rouillon, 1975).
Desde una perspectiva historiográfica posterior, la historiadora Carmen McEvoy ha interpretado el episodio como una expresión de la fascinación por el encuentro entre la vida y la muerte presente en determinados sectores de la vanguardia limeña. La danza de Rouskaya, ejecutada al compás de la “Marcha fúnebre” de Chopin, puede ser entendida como una escena de fuerte carga simbólica, en la que arte, ritual, muerte y transgresión se encontraron dentro de uno de los espacios más solemnes de la ciudad (McEvoy, 2017).
Más que una simple anécdota de la bohemia limeña, el episodio de Norka Rouskaya revela las tensiones culturales de una sociedad que comenzaba a experimentar transformaciones profundas. La Lima de la República Aristocrática conservaba estructuras sociales, morales y culturales tradicionales, pero al mismo tiempo recibía nuevas corrientes artísticas e intelectuales procedentes de Europa y de otros centros urbanos. En ese contexto, el ambiente del Palais Concert, el movimiento Colónida y las inquietudes de jóvenes escritores como Valdelomar y Mariátegui expresaban una sensibilidad cada vez más abierta a la experimentación y a la ruptura de convenciones (Stein, 1989; Aguirre & Walker, 2017).
La actuación de Rouskaya en el cementerio puede comprenderse, así, como una temprana forma de intervención artística sobre el espacio urbano. La elección del cementerio, la madrugada, las velas, el mausoleo de Ramón Castilla y la música de Chopin transformaron un espacio funerario en escenario de una representación que provocó deliberadamente —o al menos inevitablemente— una confrontación entre las normas establecidas y las nuevas formas de sensibilidad artística. Su carácter transgresor explica en buena medida la magnitud del escándalo y su permanencia en la memoria cultural peruana (McEvoy, 2017; Stein, 1989).
A más de un siglo de distancia, el episodio continúa siendo significativo no solamente por su carácter insólito, sino porque permite observar el momento en que la modernidad artística comenzó a disputar espacios dentro de una sociedad todavía fuertemente marcada por las convenciones de la tradición. Norka Rouskaya quedó asociada a una noche de danza y escándalo; Mariátegui, a la defensa de la libertad artística; y Valdelomar, al universo bohemio y literario que convirtió al Palais Concert en uno de los principales símbolos de aquella Lima en transformación.
La historia de Norka Rouskaya y su encuentro con Mariátegui, Valdelomar y la bohemia limeña de 1917 constituye, finalmente, una ventana privilegiada para comprender las tensiones entre tradición y modernidad, moral y libertad creadora, vida y muerte, que atravesaron la cultura peruana de comienzos del siglo XX. El escándalo no fue únicamente una extravagancia nocturna: fue también el reflejo de una ciudad que comenzaba a descubrir nuevas maneras de mirar, crear y desafiar las fronteras de su tiempo.
REFERENCIAS
Aguirre, C., & Walker, C. F. (Eds.). (2017). The Lima reader: History, culture, politics. Duke University Press.
El Comercio. (1917, 6 de noviembre). [Cobertura del incidente de Norka Rouskaya en el Cementerio General de Lima]. El Comercio.
Mariátegui, J. C. (1917, 10 de noviembre). El asunto de Norka Rouskaya: Palabras de justificación y de defensa. El Tiempo, 2.
McEvoy, C. (2017, 4 de noviembre). Entre la vida y la muerte. El Comercio.
Rincón, M. I. (2017). La danza de Norka Rouskaya en el cementerio: ¿Performance o simple escándalo de la época? Boletín de la Casa Museo José Carlos Mariátegui, (96). Ministerio de Cultura del Perú.
Rouillon, G. (1975). La creación heroica de José Carlos Mariátegui: La edad de piedra (1894–1919) (T. 1). Editorial Arica.
Stein, W. W. (1989). Mariátegui y Norka Rouskaya: Crónica de la presunta “profanación” del Cementerio de Lima en 1917. Empresa Editora Amauta.
La Prensa. (1917, 5 de noviembre). Dilettantismo macabro. La Prensa.