11/08/2026
“Primero empiezan a subir… luego se van.” Dicen que el zorro, cuando está lleno de pulgas, se acerca lentamente al río. No corre ni sacude el cuerpo. Solo camina… y se sumerge, un centímetro a la vez.
Las pulgas —incómodas— van subiendo. Abandonan la cola, el lomo, las orejas… y terminan todas juntas en lo último que queda fuera del agua: el hocico.
Y justo ahí, en silencio, el zorro se hunde por completo.
Ni lucha. Ni se queja.
Solo se limpia.
Así pasa también con las personas fuertes.
Cuando llega un momento duro —una pérdida, un problema, una caída— no llegan más abrazos. Se van. Uno por uno.
Desaparecen los amigos que decían “aquí estoy para lo que necesites”.
Se esfuman los colegas, los socios, los que se reían de tus chistes en los buenos tiempos.
Incluso los familiares se alejan… como si fuera contagioso estar mal.
Y entonces llega esa sensación fría, profunda, como un río en invierno: soledad.
Le pasó a Aristóteles.
En el peor momento de su vida, no le quedó ni un solo amigo.
Ni uno.
Pero ¿sabes qué descubrió?
Que no eran amigos… Eran pulgas.
Parásitos emocionales que se alimentaban de su brillo, de su generosidad, de su luz.
Por eso, cuando llega un mal momento, no pierdes.
Te purificas.
El invierno se lleva lo pesado.
El río se lleva lo falso.
Y tú, aunque estés temblando… te estás sanando.
No lamentes a quien se fue cuando caíste.
Agradece que tu momento oscuro te mostró la verdad.
Porque, como el zorro… un día vas a salir del agua.
Más limpio.
Más fuerte.
Y sobre todo… más tú.