06/05/2026
Falleció el Indio. Y duele.
No teníamos relación con él, no lo conocíamos, nunca le dimos la mano. Pero hay gente que se te mete adentro igual, sin pedir permiso, y cuando se va sentís que te falta algo que ni sabías que tenías.
Acá el Indio está presente todas las mañanas. Llegás a la oficina, los Redondos ya suenan, se ceba el primer mate y el día arranca distinto. No es música de fondo: es parte de la casa. Una voz que te recuerda que estás vivo y que hay algo más grande ahí afuera.
Tuvimos el privilegio de ser parte de shows de La Kermesse Redonda y de Skay. Del Indio nunca, es verdad, y eso queda como una espina. Pero todo eso viene del mismo lado, de la misma sangre, y haber sido parte de ese mundo aunque sea de refilón hoy lo agradecemos como nunca.
El tipo hizo algo que casi nadie hace: nos juntó a todos. Al que lo escuchó toda la vida y al que recién lo descubría, sin importar de dónde venía cada uno. Su poesía era una cancha donde entrábamos todos, sin apellido, sin etiqueta, gritando las mismas palabras como si fueran nuestras. Y lo eran.
Quizás esa sea la magia: una canción dura tres minutos, una frase se la lleva el viento apenas la cantás. Y sin embargo, eso tan frágil es lo que termina quedando. Los versos del Indio eran de cristal, podían romperse en cualquier momento, pero se nos clavaron adentro para siempre.
La gente se va, eso ya lo sabemos. Pero hay cosas que permanecen: lo que dejó, lo que sembró, lo que va a seguir sonando cada vez que alguien cante una de sus letras con los ojos cerrados. El Indio no se va del todo. Se queda adentro nuestro, que es donde estuvo siempre.
Gracias, Carlos. Por la poesía, por el aguante, por bancarnos toda la vida sin saberlo.
Eterno serás 🖤